Aquella vez, Eduardo sintió los labios de ella fríos, inertes, solo fue un beso, solo eso. Es un beso mentiroso-ella le dijo. ¿Mentiroso?-Él respondió confuso. Al regresar a su casa, después de aquel encuentro tan inesperado con Sefora, tendido en su cama, quiso pensar en porque beso mentiroso, pero lo único que consiguió fue quedarse dormido.
Al día siguiente rumbo a la escuela, Eduardo caminó lentamente, contando cada paso. Él era un típico adolescente del cual no se podía esperar gran cosa, solo era uno más del montón. Se vestía de forma rara, con ropas que le hacía aparentar más años. Su caminada esa mañana era con mirada fija a los tacones de una mujer que caminaba delante de él, posiblemente también dirigiéndose a la escuela, una nueva profesora pensó. El sonido que producía el choque de cada tacón con el suelo en cada paso, hacia imaginar a Eduardo, que en cualquier momento aquella mujer podría ser apuñalada por la espalda, tan solo de pensar ello, él se sobresalto, él era la única persona que caminaba detrás de ella.
Al llegar a la escuela se sentó en su asiento habitual, el último pupitre al lado de la ventana. ¿Dónde está Sefora?-le preguntó a Héctor, su amigo. Yo que sé-respondió fijando su mirada de nuevo en su PSP(consola de juegos), del cual había sido interrumpido. Eduardo buscó por todos lados de la escuela a Sefora, sin lograr encontrarla, sus ganas de verla lo carcomían; ella no era una chica de faltar a clases, solamente había faltado una vez en todo el tiempo escolar de ese año, y era por un motivo grave. Los pensamientos de Eduardo solo le daban respuestas nada alentadoras. Fue entonces que decidió escaparse del colegio, solo para buscar a Sefora, trepo los muros blancos que daban para la parte trasera, pero torpemente se hizo una herida en la rodilla, ya pasara, no duele, pensaba. Rengueó en sus primeros pasos, hasta que el dolor se fue disipando; comenzó a correr hacia la casa de Sefora, pero raramente sentía que lo estaban persiguiendo dos hombres con apariencias muy peculiares. Trato de no importarle, solo siguió corriendo. Cuando algunas de las casas se le hicieron familiares, desaceleró.
Trató de recordar la visita que hizo a la casa de ella hace un par de meses, trato y trato de recordar, pero era inútil, se sentía nervioso, comenzó a sudar frió.
Llegó la noche, y él aún seguía en las calles, comenzó a llover y pensó en regresar a casa, pero su corazón estaba adolorido, sintió que perdió a Sefora para siempre.
Cuando llego a su casa, solo reinaba un silencio un tanto aterrador. Su mamá no estaba. Se recostó en el sofá y se concentró en el sonido del choque de las gotas con el techo. 1 am, su madre aún no llegaba, otra preocupación más para él, tocaron la puerta. Ya fue suficiente por hoy, ya abre la puerta – grito una voz que para Eduardo le era familiar. Abrió. Era Héctor-vamos, le dijo. ¿A dónde?-Respondió Eduardo. Vamos-siguiendo diciendo esa voz familiar. ¿Dónde esta Sefora?-
Te voy a llevar con ella, Dado, ya la encontré.- le afirmo Héctor. ¿De verdad? – y Eduardo salió rápidamente de su casa con una sonrisa en el rostro. Su único anhelo por el momento era verla.
A Eduardo desde chiquito le decían Dado, pero era un sobrenombre que a él no le gustaba. Pero en ese momento no le tomó importancia.
¿Sabes dónde está mi mama?-preguntó Eduardo.
¿Qué? ¿Recién preguntas por ella? Acaso te importa más Sefora-dijo Héctor.
Eduardo solo se limitó a mover los hombros, con el frio de la noche llegaron a una casa con apariencia muy antigua, como de la segunda guerra mundial. Hector abrió la puerta y entraron, el interior daba más signos de cuan antigua era esa viviendo, se desprendía un holor tanto nauseabundo, pero raramente Eduardo no sentí, solo quería ver a Sefora.
Comenzaron a subir las escaleras despacio, como para no despertar a nadie. A Eduardo se le paso esa idea por la mente, si esa casa esta habitada o no, pero descarto esa idea al instante, esa casa no parecía haber sido abierta en muchos años.
Llegaron hasta una habitación pintada de un celeste muy claro, ahora se nota un plomo; Hector abrió un cajón del cual se desprendieron mil y un granos de arena; sacó un sobre. En eso Eduardo pregunta:¿Cómo es que tú conoces todos este lugar?
Héctor se levantó y mostro a Eduardo una fotografía de una mujer pudiente ya de antaño. Eduardo se sobresalto, era Sefora, su Sefora. Héctor le dijo: Sefora Onilea 1923-1940.
La cabeza de Eduardo comenzó a dar vueltas y no es ella comenzó a gritar. Héctor en respuesta: es ella. Eduardo no se lo creía, salió de esa sucia casa. Corrió y corrió hasta que tropezó, estaba lloviendo y por consiguiente el estaba todo mojado, sintió frio, sintió cólera, comenzó a llorar y maldecía a Héctor por haberle traído a ese lugar, quería seguir con la esperanza de que ella solo había faltado a clases.
Unos tacones muy esplendorosos empezaron a acercarse, aquella mujer, se le acerco y le susurro: Beso mentiroso. Y Eduardo solo pudo levantar la mirada. Era ella. Le agarro de los abrazos, la abrazo fuertemente y le dijo: ¿Dónde has estado? –Héctor me dice que tu ya no existes.
Ella solo responde, más que responde, grita. Policía Policía un loco un loco Suélteme Suélteme. Eduardo la soltó y la mujer le dijo, yo solo quería ayudarte, anda a buscar a otro lado a tu Sefora.
¿Por qué todo esta blanco?¿Dónde estoy?
-Ya fue suficiente, Dado-dijo el doctor
-¿Suficiente?- respondió-en ese momento su mama se acerco por el umbral de la puerta-mamá, donde has estado te estuve esperando en casa.
-Si mi amor, lo sé, disculpa se me hizo tarde-respondió la madre
-Señora por favor, Dado necesita estar solo-dijo el doctor con un tono muy serio. Dos jóvenes aparecieron y entraron a la habitación donde estaba Dado, su madre y el doctor, los mismos que Dado vio esa mañana cuando buscaba la casa de Sefora.
-¿Quiénes son ellos? ¿Dónde está Sefora?-su vista se dirigió a su madre-¿Ma, porque lloras?
Su madre se dio media vuelta y cerró la habitación, camino hasta la salida de aquel Hospital Psiquiátrico.
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